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Escritores Argentinos

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Atte.

Ayudantes alumnos de la Cátedra Literatura Argentina II.

Literatura Argentina 2

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jueves, 4 de marzo de 2010

Bernardo Kordon


Bernardo Kordon: El escritor que murió dos veces

Por: Walter Marini

Bernardo Kordon fue uno de los escritores más emblemáticos de mediados del siglo pasado. Sus cuentos y relatos se inscriben en lo más alto de la literatura social que dio este país. Se lo encasilló dentro de la corriente denominada neorrealismo urbano. Su muerte, hace aproximadamente tres años y medio, pasó prácticamente inadvertida en el mundillo narrativo, como su vida misma.

Cuando después no quise ver a nadie, ni siquiera a mis amigos. Sentirme solo y nada más, sentirme lanzado a la vida. Si se quiere fui triste, pero ¡qué diablos! Busqué eso, porque el hombre no busca lo triste, alegre, lo bueno ni malo; busca una ventana para respirar y a veces la encuentra”. Reina del Plata, Bernardo Kordon

1998 El lector recorre las calles de la ciudad tratando de buscar algo que lo conmueva. Decide visitar algunas librerías. Entra y sale de una, entra y sale de otra... como si nada. No hay caso. Los exponentes de la literatura de hoy no le llaman la atención, dicen poco y nada. Agrupamientos de palabritas en forma de oración que no generan emoción alguna, vacíos... tediosamente vacíos, todo muy suave. Una, dos, tres librerías, revuelve los estantes y se topa con una edición venida a menos. El librero gesticula, tal vez quiera que se lleve el best-seller del momento, pero no, el lector elige... algo en la tapa le llama la atención, lee: Los navegantes, Bernardo Kordon. El lector pregunta: “¿cuánto sale?” El otro contesta con desprecio: “un peso”. El lector vuelve a preguntar: “Kordon, ¿tiene algo más editado? ¿sigue escribiendo?” El librero, mostrando su peor cara responde: “No, no escribe más, creo que ya murió hace tiempo”. El lector paga y se retira. Mientras viaja en el colectivo que lo lleve de regreso hojea: “El remolino”, “Andate paraguayo”, “Los ojos de Celina”.

El lector siente que está ante algo muy serio. Lo conmueve el relato, la prosa sintética, lineal. Días más tarde sigue recorriendo librerías. En una de ellas -de las más importantes que existen en la ciudad- encuentra “Un horizonte de cemento”, del mismo autor. Se acerca a la mesa de ventas y le pregunta al vendedor: “¿tiene algún otro libro de Kordon?” La respuesta fue lapidaria: “No, es el último ejemplar que queda. Es muy raro que alguien venga a buscar esto. Kordon era un sesentista, ya no se lee más, además creo que ya falleció”. El lector se va y vuelven las mismas imágenes de los días pasados, recorre el libro, una ciudad mágica, una Buenos Aires que ya no es, lo vuelve a emocionar la simpleza en la forma de narrar. Pasó el tiempo, unos cuatro años, hasta que una tarde -no cualquiera-, el lector recibe un llamado telefónico. Un amigo, a quien tiempo atrás le había confesado su admiración por el narrador del que poco sabía, le dio la noticia, que después confirmaría la fría letra de un diario de tirada nacional, anunciando el fallecimiento del escritor. Un escalofrío recorrió su cuerpo; con cierta vacilación se dejó caer en la silla.

Miró los alrededores de la biblioteca, tratando de encontrar esos libros. No se animó... y se quedó pensando: ¿Murió? ¿Pero no había muerto ya? La bronca lo desbordó, alguna lágrima suelta, se mordió el labio inferior, repasó cada mueca en la cara de los dos libreros -y la de aquellos a los que no consultó, pero le hubiesen dicho lo mismo- y gritó: “Por qué mejor no se mueren todos ellos de una buena vez”.

Kordon... más allá de todo El olvido es un mal argentino. Tal vez sea otra de las tantas formas de morir. Una marca que se lleva impresa a lo largo de este enorme cuento que es la historia. Y ese olvido a veces resulta fatal, hasta canalla. “Me voy porque Buenos Aires, para mí, ya no es más aquella tierra prometida. Me voy, la verdad, escapando a la mishiadura”. Así se despedía en uno de los últimos reportajes que dio en su vida, a fines de los años noventa. Se estaba yendo a vivir a Santiago de Chile, junto a su mujer. Así, abandonaba la ciudad que lo vio crecer, esa misma ciudad que describió casi a la perfección en varios de sus libros. Decía que se sentía extranjero en su tierra, que a la ciudad se la habían cambiado. Pero igual él la llevaba dentro suyo, donde estuviera. Había nacido en 1915 en el barrio de Almagro, pero igual se jactaba de ser medio argentino y medio brasileño, porque sus padres lo habían concebido frente a las costas cariocas. Pero él igual estaba tranquilo.

Hijo de inmigrantes rusos, su padre tenía una imprenta instalada en la avenida Callao. En su juventud solía frecuentar con su barra de amigos el cine Londres Palace, sobre la calle Coronel Díaz, cerca de Las Heras, pero también iba a los del centro. Tal vez esa influencia explique por qué fue uno de los autores que más veces llegó al cine. Aunque por momentos se quejaba y despotricaba contra la frase “una imagen vale más que mil palabras”. Entonces, la replicaba: “yo pienso que la palabra tiene más peso que la imagen porque toca más hondo. La palabra activa la imaginación; la imagen la limita”, no conforme con algunas adaptaciones cinematográficas de sus obras.

Lector voraz de los clásicos rusos, sobre todo del cuento -que fue su verdadera escuela-, sus autores predilectos eran Máximo Gorki y Anton Chejov. En sus comienzos, supo pertenecer a un grupo literario llamado Asociación de Jóvenes Escritores, allí se entremezclaba con escritores comunistas y anarquistas cercanos al grupo de Boedo. A mediados de la década del treinta comenzó a escribir en la revista Leoplán, que por ese entonces publicaba muchos cuentos. Luego llegarían los años en los que dirigiría la revista Capricornio.

Todos sus personajes eran eternos perdedores. Con sólo hacer hincapié en tres extensos relatos que publicó, alcanza para sostener todo esto. En primer lugar, “Un horizonte de cemento” (1940), relata las andanzas de Juan Tolosa, un hombre que por su cobardía no supo cargar con la muerte de un amigo, y se lanzó al vagabundeo frenético.

En el segundo, “Alias Gardelito”, publicado en 1956, el personaje, Toribio Torres, es un joven tucumano que llega a la ciudad, y cuya única ambición es ser cantante de tangos y al final es muerto a tiros por una banda de contrabandistas a los que quiso engañar por querer picar más alto, pero se sabe, que en la vida siempre hay alguien más vivo que uno. Y el tercero, “Kid Ñandubay” (1971), es otra joya que se entremezcla con lo más importante de la literatura argentina. Aquí el personaje es Jacobo Berstein, un boxeador de origen judío que recorre las provincias del noreste porque quiere ser campeón de box. Claro, Berstein o Kid Ñandubay “El rey del coraje”, termina siendo estafado por promotores de toda calaña y siendo la atracción en un circo de provincia: “Cincuenta pesos al que lo tire una vez al suelo”.

Proletario concienzudo, viajero incansable, lo que le permitió describir con firmeza a los marginales de la gran ciudad y al otro también, “al urbano”, que se tambalea en las orillas de la provincia. A Kordon solamente le interesaba el hombre común, el antihéroe. “He conocido hombres y no héroes. No me interesan como tales. Y por eso mismo no siento la necesidad de meter héroes en mis obras”, dijo alguna vez.

Cuenta el escritor Vicente Battista que Kordon pagó la edición de su primer libro La vuelta de Rocha con doscientos pesos que le había regalado su madre, y que apenas aparecido el libro, tomó un ejemplar y lo dejó olvidado en un tranvía Lacroze, al azar del lector desconocido, que Kordon imaginaba proletario y rebelde, lo cual lo inducía a pensar que ya no escribía para él sino para el otro. La mayoría de sus relatos fueron escritos en primera persona y ante la consulta él contestaba: “El principal y verdadero personaje de toda creación literaria es el mismo autor”.

Sentía una profunda admiración por Roberto Arlt. En una entrevista que le realizó el escritor Mempo Giardinelli, en la revista Puro Cuento, Kordon le confesó la siguiente anécdota: “A Arlt sólo lo vi una vez, antes de mi primer viaje a Chile. Estábamos con un escritor amigo, Raúl Larra, en el café Politeama, y de pronto apareció Arlt con un grupo de gente: Conrado Nalé Roxlo y no recuerdo quienes más, todos escritores. Se sentaron a una mesa que daba a la calle. Yo le dije a Larra: ‘mirá, te juro que me pararía a saludarlo y decirle que es el más grande de todos’. Y entonces Larra, que lo conocía bien, me dijo: ‘bueno, andá y saludalo pero no le digas que vos también escribís, sólo decile que lo admirás...’ Pero no me atreví, y cuando volví de Chile él ya había muerto. Da vértigo pensar lo que hubiera podido escribir ese hombre, que era tan joven, ¿no? Imaginate que tenía la edad de Borges”.

Kordon tiene toda una vida de cuentos. Sus interminables viajes lo llevaron hasta la China, donde fue uno de los pocos argentinos que entrevistó a Mao. De ese viaje surgieron algunos textos, entre ellos, “Seiscientos millones y uno”. Pero hay que hacer justicia. El mundo de la literatura, tan elitista como siempre, lo marginó y no le dio el reconocimiento que merecía. En su momento, los semidioses de la lapicera se burlaron de él, “los onanistas de las letras” lo ningunearon, los editores de avanzada lo borraron del “mapa narrativo” como en su momento a muchos otros como Di Benedetto, Wernicke o Constantini. Lo calificaron de cuentista para minimizarlo -a pesar de haber escrito media docena de novelas-, y él respondía “si me la pasé contando cuentos toda la vida”.

Da la impresión que por estos lugares, si el escritor no está rodeado por el círculo áulico de la obsecuencia, no puede trascender. “Ellos” hasta se mofaron de su lenguaje coloquial, de su realismo, de su crítica social, como hicieron con Soriano y tantos otros. Lamentablemente, hoy no existen obras reeditadas, y para encontrar algún libro hay que visitar alguna “librería de viejo” y que el azar lo ayude....

Por Walter Marini

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada N°45)

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