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Escritores Argentinos

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Reglamento del blog

Este blog es un espacio cultural para compartir entre los estudiantes de Letras: fotos, videos, biografías, noticias, enlaces a páginas, poemas, cuentos, fragmentos de novelas, publicaciones de los propios estudiantes, comentarios, debates, encuestas y todo aquello que esté relacionado a la literatura argentina.
No es un espacio para difundir monografías y/ o trabajos de la facultad. Tampoco para difundir respuestas a consignas de trabajos prácticos y/o parciales.
Por último, no es un lugar donde se puedan resolver dudas concernientes a la elaboración de trabajos prácticos, monografías y/ o parciales. Para ello, pueden acudir a los horarios de consulta de la Cátedra.
Sí, publicaremos información sobre fechas de parciales y de trabajos prácticos en la medida que los tengamos.
Sí pretendemos, y les pedimos, que se expresen con total libertad (aunque en el marco del respeto) sobre los temas que les sugerimos y que propongan otros nuevos, que usen este espacio para difundir sus publicaciones (revistas, cuentos, novelas, organizaciones sociales a las que pertenezcan, etc).
Que sea un instrumento para revalorizar nuestra Escuela de Letras, la que construimos entre todos: profes, alumnos y egresados. Para oir nuestras propias voces (las que a veces quedan soterradas por el marco de la escasez del tiempo), para conocer nuestras ideologías (y si eso da lugar a la discusión, en hora buena), para acceder a la literatura desde "otros ángulos", fuera del espacio académico "evaluable", pero haciendo uso de todas las herramientas que ese espacio académico nos ofrece.
Esperamos que lo disfruten y lo consideren "su espacio".

Atte.

Ayudantes alumnos de la Cátedra Literatura Argentina II.

Literatura Argentina 2

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martes, 26 de julio de 2011

Todavía




Aún el mundo no era una mentira. Los viejos estaban seguros de que el tiempo había cambiado pero todavía quedaba algo de luz en su conciencia, lo sabían cuando miraban el sol y les dolían los ojos. Los niños de esas cosas no saben y mucho menos los recién nacidos que confían ciegamente en el amanecer desde sus cunas.

Nada era como antes, y eso desesperaba a los acostumbrados que miraban siempre por la misma ventana, ahora el horizonte estaba más cerca porque podía divisarse fácilmente sin el estorbo de los viejos edificios que habían caído a pedazos hacía unos días sin la culpa de cuestionar a la historia. Entre los escombros que algunos saltaban para pasar y llegar rápido a sus casas antes de que el aire contaminado los asfixiara, todavía quedaban los fragmentos de graffiti que los jóvenes escribían en las noches de verano. Y si había muertos la vida todavía seguía rondando por las calles sin interés de desprenderse de los recuerdos. Las cosas sucedieron como siempre, el día menos pensado a la hora en que todos saben que habrá otra, el enigma de todos los adivinos era ahora la realidad, ya nadie se preguntaba nada porque las respuestas habían invadido la ciudad. El silencio sonaba de cerca y se inmiscuía por las puertas de las casas callando a las familias asustadas que no sabían hasta cuando resistirían la verdad. Ningún gobernador supo decir nada porque el ser humano tiene sus límites y esta vez se trataba de especies y de naturaleza. Entonces se veían por las veredas sucias y las esquinas destartaladas caras que no decían nada porque ya estaba todo dicho, la gente caminaba con sus máscaras de gas como si el paraíso fueran esos centímetros de oxígeno y hubiera que defenderlo hasta el último momento.

Con el pasar de los días la ciudad se iba erosionando como un montículo pequeño de arena, el cielo cada mañana anunciaba un color distinto y una especie de apocalipsis inocente se asomaba a la tarde cuando ya todos sabían que perderían un poco más de lo que había. Algunos decidieron irse a falta de explicaciones científicas o sociales, los que tenían dónde, los otros, los que creían que morirían en esas casas con el olor del almuerzo, esperaban en sus sillones mirando telarañas alguna sorpresa del destino, como la que decían las etiquetas de chocolate de su infancia, cuando los kiosqueros todavía le guiñaban el ojo a los niños. Poco a poco fue siendo costumbre y se adaptaron a lo imprevisible, ahora ya nada se parecía a lo anterior, siempre un cambio, una novedad, que ya no sorprendía a nadie, porque estaban preparados.
De esos edificios que habían caído ruidosamente al suelo en alguna madrugada imprevista, aún quedaba uno de pie. El cine.
El arquitecto antipático que había diseñado los planos hacía mucho tiempo tuvo razón al decir que su estructura nunca se derrumbaría, estaba atada a la tierra, porque creía en las raíces de las cosas y daba por sentado que pertenecer a un lugar lo hace eterno. Entonces el Cine Nacional, con su antigüedad a cuestas y miles de películas descubiertas, aún las del director más introvertido, seguía existiendo. No se había roto ni un solo vidrio, salvo el polvillo en el hall y la sala producto de las explosiones, pero el cuidador sabía muy bien disimularlo con una barrida media hora antes de la función. La gente que aún vivía y había ido siempre, casi como un ritual del atardecer, continuaba yendo fielmente con su bono de promoción roto en algunas esquinas, sobreviviente en los armarios. Ver películas era lo único que unía aún un tiempo que había sido con algo que estaba sucediendo de modo inexplicable, era la lógica necesaria para que los habitantes y amantes del cine no perdieran conexión con lo real o no cayeran en la locura frente a la ausencia de razones. Por eso, el vendedor de entradas sabía que muchos de los habitúes llegaban tristes y perdidos, con lágrimas a punto de desvanecerse en el piso, y les sonreía como si todo fuera simple y llevadero. Entonces esa gente suspiraba un poco, no del todo, y al traspasar la puerta sabía que se encontraría con el mundo que había sido alguna vez, con el olor que reconocían más allá de la pólvora y con las caras que alguna vez se habían encontrado distraídamente en algún receso de invierno detrás del humo de cigarrillo. El proyectorista, que había sobrevivido al derrumbe de su casa por estar en el cine, tenía la orden de subir el volumen al máximo cuando comenzaba la película de modo que nadie pudiera escuchar los ruidos de afuera ni hacer asociaciones que los trasladaran a su angustiante realidad. La selección de películas era estricta, no precisamente evasivas porque esa idea resultaba relajante y anestesiar mentes no era la función del cine, sino de lo contrario generar submundos, abrir una puerta pequeña donde entrara la imaginación que todos habían suspendido. Por ese motivo algunas historias europeas donde las abuelas se sentaban con sus nietos en los jardines a narrar anécdotas servían porque en el público se despertaban los recuerdos de una infancia pasada y la frescura les colmaba la existencia por unas horas; las grandes familias italianas almorzando en una mesa y hablando al mismo tiempo también, porque alguna vez ellos tuvieron una. Otra opción eran las películas orientales llenas de silencios con casas espaciosas y señoritas japonesas vestidas con quimonos coloridos, cuyas enormes flores quedaban suspendidas en las retinas de la gente por más de un día y medio. Todo eso lograba la felicidad, el asomo del ser que somos, el intento de seguir siendo.

Esa noche, después de haber salido del cine y esquivado algunos escombros, ellos podían soñar.

viernes, 4 de junio de 2010

El teatro Colón: Por Anastasio El Pollo


"Como a eso de la oración
Aura Cuatro o cinco noches
Vide una fila de Coches
contra el tiatro del Colón.

La gente en el corredor
como hacienda amontonada
pujaba desesperada
por llegar al mostrador

Allí a juerza de sudar
Hice, amigaso, de modo
y a punta de hombro y de codo
que al fin me pude arrimar


Cuando compré mi dentrada
Y di guelta... ¡Cristo mío!
- Y si es chico ese corral
¿a qué encierran tanta oveja? (...)

Llegué a un alto finalmente,
ande va la paisanada
que era la última camada
en la estiba de la gente (...)
¡Nunca lo hubiera llamado!..
¡Viera al diablo! Uñas de gato,
flacón, un sable largote (...)
Y una barba de chivato.

Del Campo, Estanilao. El Fausto.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Chiste Sojero

Ley de Medios: Habla Ricardo Forster

Por Ricardo Forster

Los medios, la ley, la historia, sus abusos y lo impúdico

10-09-2009 / 

Ricardo Foster
Si hiciéramos el esfuerzo imaginario de instalarnos en la década de los noventa; si olvidásemos por un instante nuestra actualidad y las vicisitudes históricas que nos han conmovido en estos últimos años; si pudiéramos ejercer el difícil arte de la memoria y de un modo retrospectivo intentar recuperar aquel otro tiempo, seguramente las imágenes que volverían sobre nosotros no dejarían de inquietarnos y sorprendernos, casi como si nos hubiéramos desplazado hacia geografías inverosímiles, hacia comarcas que poco o nada tienen que ver con aquello que hoy nos atraviesa. Y sin embargo todavía no hemos borrado ni superado, lo sepamos o no, las marcas decisivas que sobre nuestros cuerpos y nuestras subjetividades dejaron aquellos años en los que la Argentina y América latina, siguiendo una tendencia mundial, fueron capturados por el discurso y la práctica del neoliberalismo.

¿Acaso hubiéramos sido capaces de imaginar que en el giro del milenio esos mismos países que fueron gobernados por los Menem, los Collor de Melo, los Fujimori, y tantos otros, incluso algún presidente boliviano que hablaba el español con acento gringo, dejarían su lugar a un ex obrero metalúrgico y dirigente del PT en el Brasil, a un descendiente de los pueblos originarios en las tierras del altiplano, a un ex obispo progresista en el Paraguay, a un intelectual de izquierdas en el Ecuador, a un militar –ex golpista devenido en líder democrático popular– identificado con Fidel y el socialismo del siglo XXI en Venezuela; o que seríamos testigos de la candidatura a presidente de un ex dirigente histórico de los Tupamaros en el Uruguay? ¿Alguien, sin ser acusado de delirante, hubiera anticipado, a mediados de los noventa, que el neoliberalismo estaría sentado en el banquillo de los acusados mientras se despliegan en el interior de nuestras sociedades alternativas inverosímiles años atrás? ¿Quién, me pregunto, hubiera sido lo suficientemente audaz para anticipar el extraordinario giro que se produjo en nuestro país a partir del 25 de mayo de 2003?

Seguramente enfrascados como estábamos en la naturalización de los valores del capitalismo especulativo-financiero, aquel por el que tanto hicieron los ideólogos de turno, esos mismos que también hablaban de periodismo independiente y de las empresas a las que les interesaba el país, difícilmente hubiéramos alucinado que en la Argentina del 2009 el fútbol sería nuevamente transmitido por la televisión pública o que, más decisivo y significativo aún, que seríamos testigos del histórico debate parlamentario en torno al proyecto de ley de servicios audiovisuales que inicia el camino de la derogación de esa otra ley escrita por los esbirros de la dictadura y “mejorada” durante el menemato para beneficiar a los grandes grupos mediáticos. De la misma manera, atosigados como estábamos por aquel eslogan que recorrió todas las geografías del país y que caló hondo en el imaginario nacional, “achicar el Estado es agrandar la Nación”, no hubiéramos acertado ni por asomo con el retorno al sistema de reparto, es decir al Estado nacional, de las AFJP, uno de los grandes caballitos de batalla ideológicos del neoliberalismo y piedra de escándalo para todos aquellos que hablan de “confiscación” de los ahorros de los ciudadanos-consumidores asaltados por la “caja” estatal y que nada dijeron ni dicen de la estafa que para esos mismos futuros jubilados significaba el giro especulativo que se les dio a sus ahorros (tampoco hubiéramos anticipado la reestatización de Aerolíneas Argentinas desguazada vergonzosamente por Iberia y Marsans con la complicidad de los gobiernos de turno).

Menos todavía hubiéramos soñado con una Corte Suprema independiente e irreprochable (¿se acuerda, estimado lector, de la Corte del menemismo?) que, en las últimas semanas, ha hecho un pronunciamiento histórico en relación a la despenalización del consumo personal de drogas. Tampoco hubiéramos creído en la derogación de las leyes de la impunidad y la reapertura de los juicios a los genocidas (¿alguien imaginaba a Menéndez, el asesino de La Perla, condenado a cadena perpetua en prisión común? Delirios, fantasías, sueños alocados). Lejos, muy lejos de toda ficción política quedaba la actual composición de Sudamérica, la creación de la Unasur y la construcción de una política independiente del Imperio y, todavía menos pensable, la salida del tutelaje ejercido a destajo por el FMI. En aquellos años gozábamos de las relaciones carnales. ¿Recuerda, acaso, el lector, la calidad institucional de la que gozábamos en aquellos “dorados” noventa? ¿Algo le dice el corralito y la “seriedad” del sistema bancario? ¿Y el 2001?
2. En este sorprendente carrusel argentino nos encontramos con algunas voces que, siendo portadoras de prestigios académicos o plumas emblemáticas de ciertos multimedios, ejercen la acción opuesta a la formulada al comienzo de este artículo. Ellos, instalados en el presente, no logran salir de aquella otra realidad de los años noventa. Permanecen atrapados en las telarañas de un país que, en el giro alucinado de sus escrituras, no ha salido todavía de las fabulosas promesas primermundistas que fascinaban a amplios sectores de la sociedad. Para ellos, lo que ocurre es un absurdo, en el mejor de los casos una impostura, una comedia de matriz falsamente populista que quiere conducirnos hacia el fin de la República o, peor aún de acuerdo con una de las plumas del gran diario argentino, hacia el totalitarismo neonazi o protofascista.

Ningún periodista que se precie desconoce el peso de la utilización de determinados ejemplos históricos a la hora de poner en cuestión el proyecto de ley de servicios audiovisuales. Sabe, porque es el abc de su oficio, que hablar de la inquisición, mencionar a Mussolini y su utilización de la prensa o concluir con el franquismo, como lo acaba de hacer Miguel Wiñazki en un artículo publicado en Clarín, significa homologar aquellos nombres del horror y del autoritarismo más reaccionario con lo que el lector descuidado está leyendo del actual debate que se despliega en el Congreso. La operación es mezquina, indisimulada y brutal; carece incluso de la mínima pudicia para con las víctimas de aquellas formas despiadadas del control ultramontano o del fascismo.

Utiliza los ejemplos históricos para vaciarlos de contenido y como instrumento de chicana impúdica hacia un proyecto que, entre otras cosas, supone derogar la ley vigente de radiodifusión que proviene de la dictadura videlista (cosa que Wiñazki ni siquiera menciona demostrando una curiosa amnesia para los ejemplos que hubiera podido dar sin tener que husmear tan lejos en la historia ni en geografías distantes). El objetivo es claro incluso para el lector ingenuo. Es como si las plumas del Gran Diario Argentino hubieran perdido todo recato, toda capacidad de reflexión autocrítica para ofrecernos un discurso crudo capaz de utilizar todos los recursos sin detenerse a medir las consecuencias de sus afirmaciones ni, mucho menos, asumir cierto autocontrol pudoroso.

Hacia el final de su enjundiosa investigación histórica (le faltó agregar, en su largo recorrido, la magistral reconstrucción que de la prensa manipuladora y amarilla de raíz liberal hiciera Orson Welles en El ciudadano Kane, pero claro, como se trata de la sacrosanta iniciativa privada, de eso es mejor no hablar), Wiñazki concluye su pieza maestra dejando que el lector saque sus propias conclusiones: “La Ley de prensa fascista reducía brutalmente el número de medios privados y aumentaba el de los estatales o los hiperoficialistas (cualquier semejanza con el proyecto del gobierno argentino corre por cuenta de la mente febril del lector que en este caso es quien escribe estas líneas, RF). Las diversas corporaciones, especialmente los sindicatos fascistas tenían medios y espacios periodísticos. Todo lo tutelaba Il Duce […]. En la Argentina el debate sobre la ley ha comenzado y es un hervidero. Habrá que ver si optamos por una legislación fascista o por una de verdad democrática”. ¿Cuál es la ley “de verdad democrática” a la que se refiere Wiñazki? ¿La que perdura desde los años de la dictadura? ¿La que protege la concentración monopólica? ¿No resulta salvaje y reaccionario reducir lo público, e incluso lo estatal, a la matriz fascista o falangista como lo hace el periodista de Clarín? ¿Serán Canadá, Francia, Suecia, España o incluso Estados Unidos países fascistas porque tienen leyes de medios que regulan (palabra que resulta maldita de acuerdo a la descripción que venía haciendo Wiñazki) lo privado y lo público y que prohíben la concentración monopólica y otorgan un lugar importante a la sociedad civil, al Estado y al espacio público? ¿Qué piensa, si es que algo piensa al respecto, de la Argentina neoliberal, esa misma que a lo largo de más de una década naturalizó el negocio privado como si fuera la última panacea de la humanidad convirtiendo al mundo empresarial en el núcleo de lo virtuoso mientras arrojaba lo público y lo estatal al vertedero de lo maléfico y corrupto?

Lo que Wiñazki ningunea es aquello que define el eje de la polémica inaugurada por el proyecto de ley de servicios audiovisuales: o mantener el privilegio de unos pocos, privilegio que les permite no sólo el enriquecimiento y la concentración si no, más grave todavía, ejercer un papel decisivo a la hora de fijar lo que ellos mismos definen como la “opinión pública”, asumiendo el rol de representantes ideológicos de los intereses de las corporaciones pero haciéndonos creer que son voceros del sentido común y de lo que la gente quiere; o deshacernos definitivamente de una rémora maldita de la dictadura para abrir la comunicación y la información a genuinas y plurales prácticas democráticas capaces de incorporar al espacio de los medios otras voces y otros actores.

De eso se trata también la redistribución democrática de los bienes simbólico-culturales. Lo otro, ni siquiera es el fascismo mussoliniano o el falangismo español, es simplemente la forma vernácula de la restauración conservadora. El pudor por las millones de víctimas de esos regímenes reaccionarios nos impide utilizar graciosamente palabras demasiado connotadas y graves como sí lo hacen algunos periodistas que siempre gustan de sacar un as de la manga o, como Wiñazki, ofrecernos un rápido viaje, supuestamente sesudo y erudito, por la historia para en realidad hablarnos machaconamente de un presente infectado de esas antiguas y repudiables prácticas, ahora enquistadas, eso sugiere aunque no lo diga, en el proyecto de ley de medios audiovisuales enviado por un gobierno que aparece como aprendiz de brujo del más craso autoritarismo. ¿Seremos tan ingenuos o ignorantes como para no entender lo que nos quiere dar a entender la pluma de Clarín? Tal vez...
En
http://www.elargentino.com/nota-57415-Los-medios-la-ley-la-historia-sus-abusos-y-lo-impudico.html
 Ricardo Forster (n. 1957) es un filósofo y ensayista argentino, doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba.
Es investigador y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y Distinguished Professor de la Universidad de Maryland. Ha sido profesor invitado de diversas universidades de Estados Unidos, México y España. En 2008 creó, junto a Nicolás Casullo, Horacio Verbitsky y otros, el Espacio Carta Abierta. Condujo el programa de televisión Grandes Pensadores del Siglo XX, emitido por Canal Encuentro. Es miembro del comité de dirección de la revista Pensamiento de los Confines y colaborador habitual de Página/12.

viernes, 30 de abril de 2010

Himno Anarquista

Esta versión del del himo argentino cantaban los anarquistas en su momento de mayor auge, según Suriano, entre los años 1890-1910.
Ver: Suriano, Juan (2008). Anarquistas: Cultura y Política libertarias en Buenos Aires 1890-1910, Buenos Aires, Manantial.


martes, 13 de abril de 2010

La Caricia Perdida

Se me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de los dedos... En el viento, al pasar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida ¿quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida, rodará... rodará...

Si en los ojos te besan esta noche, viajero,
si estremece las ramas un dulce suspirar,
si te oprime los dedos una mano pequeña
que te toma y te deja, que te logra y se va.

Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,
si es el aire quien teje la ilusión de besar,
oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,
en el viento fundida, ¿me reconocerás?

Alfonsina Storni